La calle Belgrano da la bienvenida al barrio Deportivo con charcos que todavía guardan el rastro de la lluvia de la noche anterior. Para llegar hasta allí hay que cruzar las vías del tren, un umbral de hierro oxidado que funciona como el único acceso para quienes viven en este rincón olvidado de La Madrid, al fondo de todo, donde parece el pueblo terminar.

Las veredas, donde las hay, están cubiertas de una mezcla de tierra y pasto aplastado que el agua depositó al retirarse la semana pasada. En algunos frentes, alguien intentó pasar la escoba y el rastro del esfuerzo quedó dibujado en el piso como líneas paralelas que no llegan a limpiar nada. En otros, directamente no se intentó nada todavía: aún hay agua. Las puertas permanecen abiertas y las ventanas también. Como si el barro entero estuviera esperando algo antes de continuar con el destrozo de la calle.

A lo largo de estas cuadras el barro cambia de textura pero no de presencia. En los tramos donde el sol pegó más fuerte durante el mediodía empezó a mostrar grietas de recuerdos.

La casa de María Mendoza cuenta su propia historia antes de que ella abra la boca. Las marcas de manos pintadas con lodo en el marco de la puerta hablan de una salida desesperada, urgente, en plena madrugada. Adentro, el pequeño salón huele a humedad y a derrota: el ambo de enfermera descansa sobre la mesa, sucio, junto a las donaciones que llegaron en los últimos días. Del techo cuelgan tiras de machimbre desprendidas por la humedad acumulada. La solidaridad de los vecinos le había devuelto algo de lo perdido. El agua se lo volvió a llevar.

CON LO PUESTO. Los pocos muebles que se pudo rescatar de la casa.

“No quiero abandonar mi casa”, dijo entre lágrimas, mientras recorría el interior de su hogar. María es madre viuda de dos hijos, de 12 y 3 años. Trabaja como enfermera en La Madrid. Había pasado días limpiando, ordenando, intentando recuperar algo de la normalidad que la primera inundación le había arrancado. El lunes se fue convencida de que lo peor había pasado.

Agua, otra vez

Pero el martes, un desborde del río Marapa producto de nuevas lluvias volvió a desbordarse. Fue su hermano Ramón quien le dio la noticia: “María, tu casa está llena de agua de vuelta”. El nivel del agua alcanzó los 50 centímetros en las paredes. Lo que había sobrevivido a la primera crecida no sobrevivió a la segunda.

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“Me costó tanto repararme de la primera inundación para ahora perder todas mis cosas con esta nueva crecida”, comenta, la enfermera de pueblo.

SIN CONSUELO. El nuevo día no alcanza para calmar los ánimos.

María hace el inventario con la voz quebrada, como quien cuenta pérdidas que todavía no termina de procesar: “Tengo las camas todavía sucias con barro, tengo que lavar las sillas. Lo que se puede recuperar. Tuve que tirar el ropero. El agua se llevó las ollas, se mojó la tele”.

“Es desesperante. No me quiero ir, pero me da pena volver a casa”, solloza mientras camina entre sus habitaciones.

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Dice que no termina de limpiar una cosa cuando ya tiene que empezar con la siguiente. “El barrio está en alerta meteorológica. Ningún vecino de la calle Belgrano pudo volver del todo a su casa“, continúa. De hecho, el barrio Deportivo fue el último lugar donde el agua bajó. También fue el primero en volver a llenarse y desalojar nuevamente a todos.

Se fueron las ilusiones

A 20 metros de la casa de María vive su hermano Ramón. Enfrente, exactamente. Cerca, como para escucharse gritar, pero suficientemente lejos como para que cada uno haya perdido cosas distintas. Ramón fue quien dio el aviso a su hermana que su casa estaba la madrugada del martes inundada. Él también fue uno de los más afectados.

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Mientras muestra cómo la creciente volteó una de las paredes del fondo de su casa, el hombre describe lo que encontró al volver: “Las pérdidas son totales. El agua rompió vidrios por la fuerza de la correntada, incluso por el paso de lanchas. También se cayó una pared del fondo por la creciente”. El patio del fondo de su casa da sobre el surco nuevo que abrió el Marapa, un arroyo improvisado que ahora corre por su patio y que, según los vecinos, no estaba ahí antes de esta inundación.

HUELLAS. El barro quedó pegado a los objetos, como triste secuela.

A su lado, su hija Martina, quien cumplió 10 años hace apenas dos semanas, está parada en silencio, con los ojos colorados. Es tímida y vive con un solo riñón desde que nació. Llora, pero no por la pared ni por los vidrios rotos ni por las ollas que se fueron. Llora porque entre sus cosas el agua también se llevó su mochila, con los cuadernos adentro y los lápices de colores. La niña fue socorrida y llevada a una escuela de Taco Ralo junto a su tía. “Extrañé mucho a mis papás y no podía hablar con ellos porque no había señal”, recuerda.

Martina volvió a la escuela con otra mochila y otros útiles. “Quiero mis útiles porque eran nuevos”, se lamenta.

“Todo desapareció”

Ramón dijo que esta vez llegó menos agua a la comuna que la semana anterior pero que en el barrio Deportivo alcanzó igual los 50 centímetros. El paisaje que quedó es de lodo, algunos animales que lograron sobrevivir, y una familia que empieza desde cero constantemente. “Todo desapareció. Es imposible vivir ya en esta zona”, lanza María antes de cerrar la puerta.